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Por Jorge Eduardo Arellano

Desde diciembre de 1967, cuando conocí en su casa de habitación de Heredia a don Carlos Meléndez Chaverri ––señero historiador centroamericanista que me distinguió con su amistad fecunda–– he pasado en Costa Rica días felices durante unas veintitantas visitas cortas. Enumerarlas y resumirlas sería tarea grata para mí, pues todas contribuyeron a enriquecerme intelectualmente. En el vecino país he participado en congresos y conferencias de historia, literatura, bibliotecología, numismática y artes plásticas e impartido conferencias sobre Rubén Darío y Salomón de la Selva ––dos de mis dioses tutelares––, por citar algunas de esas convocatorias.

Asimismo, la patria de José Rafael Mora ––pilar inextinguible del orgullo identitario del pueblo tico–– me ha abierto sus archivos, bibliotecas y demás instituciones de cultura. Pero hasta ahora ––el jueves 28 de septiembre–– decidió otorgarme un honroso reconocimiento que agradezco con emoción: ser elegido miembro correspondiente de la Academia Morista Costarricense. No hay duda que dicha elección procede de la iniciativa del fundador y presidente de esa corporación reivindicadora del legado republicano e ideológico de don Juanito, como llaman a Mora sus compatriotas. Me refiero, es claro, al grande y buen amigo e historiador Armando Vargas Araya, a su vez miembro correspondiente ––desde 2015–– de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. A don Armando se le deben tantas acciones y reflexiones en pro del conocimiento y en loor del culto al morismo de nuestros días, tan oportunamente necesario e impostergable.

También necesario e impostergable fue el “Canto a Costa Rica” de Salomón de la Selva, quien aludiendo al guerrillero de nuestra América, Augusto César Sandino pidió al acogedor país hermano en 1930: “¡Amalo tú que para amarlo tienes / derecho incontestable, porque vibra / la proclama de Mora en su lenguaje / de palabras aladas y flamígeras… / al héroe solitario guárdale, contra la turba que lo estigmatiza, / cariño digno de tu heroica estirpe”.

Otro honor recibí: la de compartir dicha membrecía correspondiente con el escritor salvadoreño de mayor proyección internacional entre finales del siglo veinte e inicios del veintiuno: Manlio Argueta. Mucha alegría me dio participar con Manlio en la tercera semana morista, organizada por su Academia. Durante ella se desarrolló en el Museo Rafael Calderón Guardia un simposio literario ––pionero y significativo–– sobre la ficción narrativa en torno a la campaña nacional, hoy llamada guerra patria, contra el filibusterismo esclavista de William Walker, liderada por Mora, prócer y libertador de Centroamérica y su época. Inaugurado por Vargas Araya, dirigió el simposio ese venerable maestro chileno de la cátedra universitaria que es Juan Durán Luzio, arraigadamente tico. A mí me correspondió leer una de las tres conferencias magistrales: “La guerra antifilibustera de Centroamérica en la literatura nicaragüense”.

Don Juan ofreció un selecto panorama de la tradición narrativa de su segunda patria inspirada en la guerra contra Walker. Manlio refirió su experiencia escritural de Así en la tierra como en las aguas, novela de conmovedor diálogo inicial. Y tres consumados narradores ––Quince Duncan, Óscar Núñez y Adriano Corrales–– comentaron a fondo sus novelas que revelan el nacimiento de un pequeño boom sobre la temática en cuestión. Sin embargo, no olvidemos que la Guerra Patria costarricense ––cuyo principal escenario fue Nicaragua–– tuvo una dimensión ístmica, ya que la resistencia antifilibustera implicó la única unión efectiva que han protagonizado las milicias de nuestros cinco países en defensa de su cultura y libertad.

Así lo manifesté en mi discurso de agradecimiento el 28 de septiembre en el Club Unión, donde fue presentada la investigación del académico Tomás Federico Arias Castro: “Los asesinatos del presidente Mora y del general Cañas / Análisis histórico-jurídico”. El 29 los moristas nos trasladamos a Puntarenas y por la noche, en el auditorio de la Universidad Técnica Nacional, escuchamos la conferencia magistral de nuestro presidente Armando Vargas Araya: “La Puntarenas de Mora y Cañas”. Finalmente, el 30 asistimos a dos eventos conmemorativos. A la misa de réquiem por Mora y Cañas, oficiada por el obispo de Puntarenas monseñor Oscar Fernández, obispo de la diócesis de Puntarenas y presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica; y al acto cívico en memoria de los mártires de 1860. A continuación, el presidente de la república Luis Guillermo Solís impuso la medalla de la Academia  Morista a Manlio Argueta y a mí, escoltados por nuestros respectivos embajadores.